Para que nada nos separe,
que no nos una nada.
Para cambiar un poco el matiz de mis días que últimamente están teñidos de
nostalgia, nada mejor que la compañía de esas amigas que con su honestidad
brutal (como le gusta denominar a su forma de decir las cosas) logran sacarte
una sonrisa e incluso las lágrimas que son necesarias para ir lavando las
heridas y que por fin empiecen a sanar.
Así que con el cafecito dispuesto en la mesa, los cigarrillos y la música
de fondo para acompañar, nos dedicamos a pasar la tarde. En algún momento había
que llegar al punto escabroso de la charla y que es el motivo de la nostalgia
que me acompaña. Sólo que esta vez, en lugar de sus propias palabras, me regaló
las de alguien más.
Se trata de un publicista español que al parecer tiene un espacio en un
diario virtual de su país y recientemente escribió esta nota.
Cuando sepas de mí, tú disimula. No les cuentes que me conociste, ni que estuvimos juntos, no les expliques lo que yo fui para ti, ni lo que habríamos sido de no ser por los dos. Primero, porque jamás te creerían. Pensarán que exageras, que se te fue la mano con la medicación, que nada ni nadie pudo haber sido tan verdad ni tan cierto. Te tomarán por loca, se reirán de tu pena y te empujarán a seguir, que es la forma que tienen los demás de hacernos olvidar.
Cuando sepas de mí, tú calla y sonríe, jamás preguntes qué tal. Si me fue mal, ya se ocuparán de que te llegue. Y con todo lujo de detalles. Ya verás. Poco a poco, irán naufragando restos de mi historia contra la orilla de tu nueva vida, pedazos de recuerdos varados en la única playa del mundo sobre la que ya nunca más saldrá el sol. Y si me fue bien, tampoco tardarás mucho en enterarte, no te preocupes. Intentarán ensombrecer tu alegría echando mis supuestos éxitos como alcohol para tus heridas, y no dudarán en arrojártelo a quemarropa. Pero de nuevo te vendrá todo como a destiempo, inconexo y mal.

